El chorro de Quevedo

En 1537, Gonzalo Jiménez de Quesada llegó por el norte con un grupo de 500 hombres maltrechos y heridos, debido a un largo y penoso viaje, que hacen siguiendo el rio Grande de La Magdalena, tenía noticias de una civilización que hacía vasijas, que las llenaban con sal y que hacia elaboradas mantas de algodón, pasa por los pueblos productores de sal Nemocón, Teusa y Zipaquirá- el 22 de Marzo de 1537, pasó por Chía y el 5 de abril y acampa en los cerros de Suba, lugar donde vieron numerosos bohíos y columnas de humo bordeado de montañas, sitio llamado en lengua Muisca como Muequetá (campo de tierra plana) ó Bacatá (Final de los Campos), Jiménez de Quesada nombra a esta hermosa sabana como “Valle de los Alcázares”.

Envía dos emisarios para ver el terreno y asentar la tropa: la primera va hacia el occidente, hacia la sede real del zipa y la segunda hacia el oriente allí se encuentra un caserío llamado Teusaquillo, sitio que les llamó la atención por ser hermoso, con vegetación y mucha agua y sobre todo gente amistosa, este lugar era el recreo del Zipa, a los pies de la gran montaña, un lugar místico y sagrado, por el que
pasaba una quebrada, llamada de San Bruno, la cual desembocaba en el rio San Francisco antiguo viracaha (hoy Avenida Jiménez).

Y es así como en un paraje mágico, en la carrea 2 con calle 12 B, actual Plaza del Chorro de Quevedo- Quesada estableció su primer sitio de la tropa con el nombre de Santa María de la Esperanza, el que luego se llamaría Santafé de Bogotá, el 6 de agosto de 1538, es en este lugar donde se construyeron las doce chozas y una capilla y se hace la primera misa por fray Domingo de las Casas.

Este lugar con el tiempo se llamaría Pueblo Viejo y se convertiría en zona de vivienda indígena, conformando la periferia de la ciudad colonial y posteriormente haciendo parte del cordón artesanal que rodea la ciudad hacia el oriente (la ciudad consolida su fundación en un sitio más plano hacia el occidente un año después con la llegada de Belalcazar y Federmán).

En el siglo XIX, 1832 francisco Quevedo, padre de la comunidad Agustina, aprovechando la quebrada que se presume subterránea, construyó una fuente para abastecer de agua la zona. Es así como se llamó el lugar ‘El Chorro de Quevedo’, pues la obra como se debe entender benefició mucho a los habitantes, pues debemos recordar que no había acueducto y que el agua se llevaba a los hogares desde las pilas o chorros públicos, los aguateros y aguateras hacía esta función hasta entrado el siglo XX.

El lugar hoy, tal vez tiene el movimiento de transeúntes más alto del sector oriente de la Candelaria, por este sitio pasan los estudiantes a sus universidades, los turistas, el común de la gente del barrio, pasan sus moradores, pasan los que van a mercar, pasa el mercader , pasa el que vende las arepas, la chicha y el tinto, pasa el que toma amarillito y el que toma la cerveza, es un lugar de encuentro de las etnias urbanas y de los estudiosos de la antropología, la historia y la arquitectura, pasa el pintor y el escultor en busca de las musas, hasta el poeta y el loco hace de este sitio un atractivo.

Definitivamente es un referentes muy fuerte para la ciudad, lleno de misticismo y leyendas, ha generado innumerables criticas, ha sido vandalizado y repudiado por otros, se le ha puesto un muro enrome que de pronto la gente no quiere y nos referencia la discordia, pero hoy más que nunca es amado, referenciado, buscado y por qué no decirlo apetecido por muchos, para algunos es parte de nuestro proyecto de vida, para otros vivimos cerca y es nuestro barrio, para otros es un sitio de oportunidad, pero miles de personas han pasado por la pila que recuerda el antiguo abrevadero y es símbolo de lo que en realidad somos los bogotanos habitantes y oriundos, trabajo, esfuerzo, pasión y
vida.

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